Hay refranes que sobreviven durante siglos porque describen algo profundamente humano. “Al perro no lo capan dos veces” es uno de ellos. La frase encierra una idea sencilla: quien ya sufrió una experiencia desagradable debería haber aprendido la lección. Sin embargo, basta observar la historia política de cualquier país para descubrir una realidad incómoda: los seres humanos tropezamos con la misma piedra con una facilidad verdaderamente extraordinaria.
Colombia no es una excepción.
Las elecciones presidenciales vuelven a acercarse y, como ocurre cada cuatro años, el país se divide entre la esperanza, el miedo, la ilusión y la decepción acumulada. Las campañas prometen soluciones, los discursos vuelven a sonar grandiosos y los candidatos aseguran tener las respuestas que sus predecesores no encontraron.
Nada nuevo bajo el sol.
Lo interesante no es lo que prometen los políticos. Lo verdaderamente interesante es la capacidad de los ciudadanos para recordar —o para olvidar— lo que ocurrió la última vez que escucharon promesas parecidas.
Porque la política moderna funciona muchas veces como una especie de amnesia colectiva. Los problemas de ayer desaparecen del debate. Los incumplimientos se relativizan. Los errores se justifican. Y poco a poco la conversación pública vuelve a girar alrededor de nuevas promesas que suenan sospechosamente parecidas a las anteriores.
En Colombia, buena parte del debate actual gira alrededor del balance que deja el gobierno de Gustavo Petro. Sus seguidores destacan algunos avances y defienden su proyecto político. Sus críticos señalan que muchas de las promesas que entusiasmaron a millones de personas en 2022 nunca llegaron a materializarse como se anunció.
La discusión es legítima.
Lo que resulta más interesante es observar cómo reaccionan los votantes frente a esa realidad.
Porque la política no se mueve únicamente por resultados. También se mueve por emociones. Y las emociones tienen una capacidad extraordinaria para imponerse a los hechos cuando llega el momento de depositar una papeleta.
La historia está llena de ejemplos. Gobiernos que prometieron prosperidad y dejaron frustración. Líderes que ofrecieron reconciliación y terminaron profundizando divisiones. Proyectos políticos que llegaron envueltos en esperanza y acabaron dejando desencanto.
Y aun así, millones de personas siguieron creyendo.
No porque fueran necesariamente ignorantes.
Sino porque el ser humano tiene una tendencia natural a aferrarse a las ideas en las que ya ha invertido emocionalmente.
Aceptar que uno se equivocó nunca resulta sencillo.
Por eso las sociedades muchas veces no juzgan a sus gobernantes únicamente por sus resultados, sino también por la narrativa que construyen alrededor de esos resultados. Cuando algo sale mal, siempre aparece una explicación. Siempre existe un culpable alternativo. Siempre hay una herencia recibida, una oposición obstructiva, una conspiración o una circunstancia extraordinaria que justifique lo ocurrido.
Y eso hace que el debate político se convierta con frecuencia en una batalla entre relatos más que entre hechos.
El problema es que la realidad termina imponiéndose tarde o temprano.
Los ciudadanos viven la economía en el supermercado, no en los discursos. Viven la seguridad cuando salen a la calle. Viven la calidad institucional cuando necesitan que las instituciones funcionen. Y viven las consecuencias de las decisiones públicas mucho después de que terminan los mítines.
Por eso las elecciones deberían ser, en teoría, un ejercicio de memoria.
No de memoria ideológica.
De memoria práctica.
¿Qué se prometió?
¿Qué se cumplió?
¿Qué no se cumplió?
¿Qué funcionó?
¿Qué no funcionó?
Son preguntas sencillas, pero sorprendentemente difíciles de responder en medio del ruido político.
Y quizá ahí reside uno de los mayores desafíos de cualquier democracia: lograr que los ciudadanos voten con memoria en lugar de hacerlo únicamente con emoción.
Porque las emociones son pasajeras.
Los gobiernos, en cambio, dejan consecuencias duraderas.
Cada generación recibe periódicamente la oportunidad de corregir errores, ratificar aciertos o cambiar de rumbo. Esa es precisamente la grandeza del sistema democrático. Pero para que funcione adecuadamente necesita algo que cada vez parece más escaso: ciudadanos dispuestos a analizar, comparar y cuestionar.
No ciudadanos perfectos.
Simplemente ciudadanos que recuerden.
Al final, el viejo refrán sigue planteando una pregunta incómoda.
¿Al perro no lo capan dos veces?
La sabiduría popular dice que no.
La historia política de muchos países, sin embargo, parece sugerir algo bastante diferente.
Y quizá por eso las elecciones son tan fascinantes.
Porque cada vez que una sociedad entra en una cabina de votación, no solo elige un futuro.
También demuestra cuánto recuerda de su pasado.

