El odio que se disfraza de progresismo

La democracia no se defiende llamando “parásitos” a quienes piensan distinto.

En estos días circuló un texto que, bajo la máscara de “análisis político”, no solo cae en la trivialización de un fenómeno complejo, sino que transita peligrosamente por el terreno de la xenofobia más burda. El artículo titulado La gusanera fascista venezolana en España llegó no como crítica, sino como trapo rojo ondeado frente al toro de la sensatez, prometiendo indignación donde lo que realmente debería generar es risa nerviosa y preocupación profunda.





Lo primero que llama la atención es la serenidad con la que ese texto arranca calificando a un colectivo humano con epítetos que parecen sacados de la jerga más grosera de taberna política: “gusanera”, “parásitos”, “escoria desagradecida”. Ni siquiera en los manuales de propaganda más rudimentarios se aconseja tanta falta de elegancia retórica.

Antes de seguir, conviene recordar que la diáspora venezolana en España no es un contingente homogéneo de caricaturas políticas: son seres humanos que huyen de una de las crisis más profundas del hemisferio occidental contemporáneo, con cerca de nueve millones de personas desplazadas por la degradación del sistema público y la represión. Reducir esa complejidad a una etiqueta insultante es, por decirlo suavemente, un atrevimiento periodístico de pésima calidad.

Que alguien pueda usar la palabra “fascista” junto a la imagen de una persona que pide mejores condiciones democráticas en un país extranjero es una de esas inversiones semánticas que solo pueden explicarse por una mezcla de desconocimiento y prejuicio. Si pedir respeto a las libertades fundamentales y denunciar regímenes autoritarios es fascismo, entonces estamos perdiendo no solo el norte político, sino también el diccionario.

Y aquí es donde aparece la ironía: el autor se presenta como paladín de la democracia, capaz de reconocer a los malos por sus consignas simplonas. Pero parece creer que la democracia consiste en un algoritmo que clasifica a las personas por etiquetas, no en un proceso de diálogo, disentimiento y respeto. La democracia no es un meme, es un ejercicio continuo de convivencia.

Entre exigir a alguien que se “adapte a la cultura del país que le acoge” y lanzar proclamas de odio hay una diferencia fundamental: la primera es una invitación a la integración; la segunda es un deslizamiento hacia la xenofobia. El texto, lamentablemente, parece cómodo paseando por ese segundo terreno.

Cuando se acusa a un colectivo de “correa de transmisión de la peor propaganda ultra”, uno espera datos, evidencias, análisis de redes de influencia. En cambio, lo que se ofrece es relato, anécdota y adjetivo. Pareciera que cualquier manifestación contraria a cierta ideología se equipara automáticamente a una conspiración global. Esa es la lógica del chismorreo político, no la de un análisis serio.

Incluso la referencia torpe a la especulación inmobiliaria, sin cifras ni contexto, suena más a eso que a otra cosa: humo. Si el objetivo era demostrar que los inmigrantes venezolanos son responsables del alza de precios, entonces convendría primero preguntarse por las causas estructurales del mercado de vivienda en España, no por qué unos inmigrantes aplaudieron un video viral.

El artículo cae también en la contradicción de criticar la xenofobia mientras recurre a ella. A juzgar por el vocabulario utilizado, cualquier venezolano que opine distinto automáticamente se convierte en “parásito” o “escoria”. Ese tipo de deshumanización no es crítica política: es un insulto revestido de intelectualidad barata.

Lo más preocupante de todo es que esto ocurre en un periódico de circulación nacional, no en un panfleto conspirativo de madrugada. La prensa tiene una responsabilidad que va más allá de colorear las líneas con gritos de guerra ideológica. Cuando un medio normaliza la deshumanización, pone en riesgo no solo su credibilidad, sino la convivencia social.

Otra ironía amarga: el artículo critica la “ultraderechización” como amenaza, pero utiliza exactamente las mismas estrategias que las que se le reprocha a sus supuestos oponentes: estigmatización, generalización, reducción de discursos complejos a chistes groseros. Es la versión de izquierda del mismo autoritarismo que dice combatir.

Si algo demuestra este episodio es que la polarización no es patrimonio de una sola corriente política: hay violencia retórica a derecha e izquierda. Decir que un grupo de inmigrantes es “fascista” por pensar distinto es exactamente el tipo de razonamiento que, irónicamente, alimenta las mismas posiciones que se pretende criticar.

Y sí, la libertad de expresión es un derecho fundamental —pero también lo es la responsabilidad de no promover discursos de odio bajo la excusa de la crítica. Llamar a colectivos “gusanera” o “parásitos” suena más a relato de telenovela barata que a argumento político riguroso.

Es natural que existan tensiones políticas entre migrantes y contextos receptores. Es lógico que haya debates sobre ideologías, sobre adaptarse a nuevas culturas y sobre influencias en la vida pública. Ese debate es sano cuando se hace con respeto y datos. Cuando se sustituye por insultos y caricaturas, solo se profundiza el problema.

Por último, vale la pena recordar que una democracia fuerte no necesita de discursos binarios, ni de trampas retóricas. Reforzar la convivencia pasa por enfrentar ideas con argumentos, no por descalificar personas por su origen. El periodismo serio no debería contentarse con la provocación barata.

Si la intención era alertar sobre riesgos políticos reales en la diáspora venezolana, se perdió ante una catarata de epítetos que distraen del verdadero análisis. La próxima vez que alguien quiera hacer crítica política, que al menos lea un poco más que sus prejuicios antes de publicar.

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