Desde que el socialismo se instaló en el discurso político colombiano, sus seguidores han defendido con fervor la promesa de un “cambio” que, hasta ahora, solo ha significado retroceso. El «progresismo» vendió la idea de una revolución que acabaría con las injusticias, pero lo único que ha hecho es consolidar una nueva élite de burócratas con ansias de poder y cero resultados.
Uno de los mayores enigmas del siglo XXI es cómo el pueblo petrista sigue creyendo en el socialismo a pesar de su historial de fracasos en todo el mundo. ¿Será que las promesas de igualdad les resultan más atractivas que la dura realidad de la pobreza? Mientras el país se desmorona, ellos aplauden con entusiasmo las ideas de un modelo que solo ha traído ruina donde ha sido aplicado.
La bandera del gobierno del “cambio” terminó ondeando sobre un lodazal de corrupción. Prometieron acabar con los vicios de los gobiernos anteriores, pero lo único que hicieron fue perfeccionarlos. Los contratos a dedo, las jugosas asignaciones a amigos del régimen y el despilfarro de los recursos públicos se han convertido en la norma. ¿Acaso esperábamos algo diferente de quienes ven el Estado como un botín?
El socialismo tiene una habilidad especial para moldear a sus seguidores en obedientes rebaños. La estrategia es simple: victimización constante, promesas de un enemigo común y la falsa sensación de superioridad moral. Así es como los líderes de la izquierda se mantienen en el poder mientras sus votantes celebran políticas que los empobrecen. Como dicen, no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Si hubiera un premio al mayor fiasco político del siglo, Gustavo Petro sería un fuerte candidato. En menos de tres años ha logrado convertir la incertidumbre en la única certeza nacional. Su gestión está marcada por la improvisación, la contradicción y la incapacidad de gobernar más allá de sus discursos incendiarios en Twitter. No se necesita ser un genio para ver que el barco se está hundiendo.
Curiosamente, el socialismo siempre tiene una excusa para justificar su fracaso. Si la economía colapsa, es culpa del neoliberalismo. Si la inversión extranjera huye, es porque el capitalismo es egoísta. Si la inseguridad aumenta, es porque el pueblo “no ha entendido” el mensaje del gobierno. Nunca es culpa de sus líderes ni de sus desastrosas políticas. La narrativa del victimismo es el motor que mantiene viva su retórica.
El socialismo, más que una ideología, es un negocio redondo para quienes lo promueven. Mientras las masas creen en la utopía, los dirigentes se aseguran de vivir como la burguesía que dicen odiar. Ahí está la paradoja: ministros que hablan de austeridad desde sus camionetas blindadas, líderes que critican el capitalismo con sus iPhones en mano y funcionarios que promueven la igualdad mientras sus cuentas bancarias crecen.
Los impuestos en Colombia han alcanzado niveles dignos de una broma de mal gusto. La receta socialista siempre es la misma: si el Estado no tiene dinero, exprime a la clase media hasta que no pueda más. Y cuando esta desaparezca, ¿a quién le cobrarán? Porque los ricos tienen suficientes recursos para huir a paraísos fiscales y los pobres simplemente no tienen nada que dar. Pero eso no detendrá la voracidad fiscal del gobierno.
El sector empresarial, el motor del desarrollo, es ahora el enemigo número uno del gobierno. Cualquier empresario que genere riqueza es visto con sospecha, y cualquier intento de crecimiento es castigado con más trabas burocráticas. Parece que en este gobierno la única forma legítima de progresar es afiliándose al partido y esperando un subsidio. Eso sí, no olvides agradecer en redes sociales.
Si algo ha quedado claro, es que la narrativa socialista necesita perpetuar la pobreza para existir. Si todos prosperaran, ¿quién necesitaría la “ayuda” del Estado? Por eso no les interesa que la gente sea autosuficiente; prefieren que dependan de programas sociales que les aseguren votos. El hambre y la necesidad son las herramientas más efectivas para mantener el control.
Mientras Petro y su séquito predican sobre igualdad y justicia social, sus fortunas personales siguen aumentando. No hay nada más rentable que vender sueños a una población desesperada. El verdadero negocio del socialismo no es erradicar la pobreza, sino administrarla con eficacia para que nunca desaparezca.
Colombia merece algo mejor que ser el laboratorio de experimentos fracasados. La historia nos ha demostrado que la única forma de progresar es con trabajo, inversión y libertad económica. Pero, claro, eso es lo que menos le interesa a un gobierno que se alimenta de la desesperanza. ¿Cuánto tiempo más seguirá el país soportando este circo? Esa es la pregunta que solo los colombianos pueden responder.