Qué pasa dentro del cerebro de un político cuando promete lo imposible

Dentro de la mente del gobernante que cree que gastar más siempre solucionará todo.

Una de las grandes preguntas de la política contemporánea no tiene que ver con elecciones, partidos ni ideologías. Tiene que ver con algo mucho más intrigante: qué sucede exactamente dentro del cerebro de ciertos gobernantes cuando anuncian que han descubierto una nueva fórmula para hacer que todo el mundo sea más rico… gastando dinero que todavía no existe. No es un fenómeno aislado ni exclusivo de un país. Se trata más bien de una especie de corriente mental internacional que aparece periódicamente en distintos gobiernos, como si alguien hubiera encontrado un manual secreto titulado Cómo arreglar la economía sin hacer caso a la economía.

El proceso suele comenzar con un discurso impecable. Palabras como igualdad, justicia social, dignidad y solidaridad flotan en el aire con una elegancia casi poética. El público escucha con esperanza, porque a nadie le molesta la idea de vivir en una sociedad más justa. El problema empieza cuando alguien, normalmente un economista con mala fama de aguafiestas, levanta la mano y pregunta algo tan vulgar como cuánto costará todo aquello. En ese instante suele producirse un breve silencio incómodo, parecido al que aparece cuando en una fiesta alguien pregunta quién pagará la cuenta.

A partir de ahí comienza lo que podríamos llamar el fenómeno del optimismo presupuestario infinito. Según esta teoría no escrita, cualquier problema social puede resolverse con suficiente gasto público. Si la vivienda es cara, se crea un programa estatal. Si el empleo es precario, se anuncia otro programa estatal. Si la economía empieza a mostrar síntomas de cansancio, se presenta un plan estratégico todavía más grande que los anteriores. El dinero aparece en los presupuestos con la misma facilidad con la que aparecen los conejos en los sombreros de los magos.

Lo verdaderamente fascinante es que esta lógica parece funcionar bajo una regla psicológica muy particular: los límites solo existen cuando se habla de empresas o ciudadanos, pero desaparecen misteriosamente cuando se habla del Estado. Las familias deben equilibrar sus cuentas. Los negocios deben ser rentables. Pero el gobierno puede operar bajo una filosofía mucho más optimista: si el gasto no funciona hoy, probablemente funcionará mañana… con más gasto.

A lo largo del planeta se pueden encontrar variaciones de este mismo experimento mental. Cambian los discursos, cambian los símbolos y cambian los nombres de los programas, pero la melodía es siempre parecida. Promesas ambiciosas, intervenciones económicas masivas y la esperanza casi religiosa de que esta vez sí se ha encontrado el botón correcto para que la prosperidad aparezca por decreto.

El problema, como suele ocurrir en economía, es que la realidad tiene un sentido del humor bastante cruel. Los mercados reaccionan, las empresas ajustan sus decisiones, los inversores observan con cautela y, poco a poco, la economía empieza a comportarse como suele hacerlo cuando se le exige demasiado entusiasmo administrativo: se vuelve más lenta, más prudente y más difícil de entusiasmar.

En ese punto entra en escena una fase psicológica muy interesante del proceso político. Cuando los resultados no coinciden exactamente con las promesas iniciales, el cerebro ideológico se activa para buscar explicaciones alternativas. Puede tratarse de especuladores malvados, conspiraciones financieras internacionales o simples fuerzas invisibles del capitalismo global que sabotean los nobles experimentos del poder público.

Es una reacción comprensible. Admitir que una política bien intencionada puede tener consecuencias inesperadas es una experiencia emocional complicada. Mucho más cómodo es pensar que la idea era perfecta y que lo único que falló fue el comportamiento del mundo real.

Lo irónico es que muchas de estas políticas nacen de intenciones genuinamente buenas. La mayoría de los gobernantes que anuncian grandes planes de transformación social creen sinceramente que están ayudando a mejorar la vida de la gente. No se ven a sí mismos como personajes de una comedia económica, sino como protagonistas de una misión moral.

Sin embargo, la historia económica tiene una forma bastante incómoda de repetirse. Una y otra vez aparecen gobiernos convencidos de que han encontrado una nueva forma de redistribuir riqueza sin afectar la creación de riqueza. Y una y otra vez descubren que la economía, como la gravedad, no suele negociar con discursos.

Mientras tanto, los ciudadanos observan el espectáculo con una mezcla de esperanza y escepticismo. Esperanza porque la idea de una sociedad más justa siempre resulta atractiva. Escepticismo porque los experimentos económicos suelen tener la desagradable costumbre de presentar la factura más tarde.

La política moderna, en ese sentido, se parece cada vez más a un laboratorio permanente donde distintas teorías sobre el papel del Estado se prueban en tiempo real. Algunas funcionan razonablemente bien. Otras producen resultados que obligan a revisar las hipótesis iniciales. Y otras simplemente se repiten con la obstinación de quien cree que la próxima vez, ahora sí, la realidad colaborará.

Quizá el verdadero misterio no sea lo que ocurre dentro del cerebro de ciertos gobernantes cuando diseñan estas políticas, sino lo que ocurre dentro del cerebro colectivo de las sociedades que, cada cierto tiempo, vuelven a escuchar las mismas promesas con renovada esperanza.

Porque en política, como en la vida, las ideas pueden ser muy seductoras. El pequeño detalle que a veces se olvida es que, tarde o temprano, alguien tiene que pagar la cuenta. Y la economía, que carece por completo de sentido del humor, suele encargarse de recordarlo.

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