¿Viejo yo? La tercera edad empieza… cuando nadie quiere admitirlo

¡La vejez y sus etiquetas!

Nadie despierta una mañana convencido de que ha entrado oficialmente en la tercera edad. Lo que ocurre, más bien, es una acumulación de pequeñas señales: el cuerpo protesta sin motivo aparente, los jóvenes te explican cosas “por si no lo sabías” y empiezas a usar frases como “en mis tiempos” sin darte cuenta. El miedo no está en envejecer, sino en que alguien, con autoridad científica o administrativa, decida ponerle fecha exacta a tu decadencia.





Durante décadas se nos ha dicho que la vejez comienza a una edad concreta, como si fuera una aduana biológica con funcionario incluido. Cumples años, sellan el pasaporte y pasas al grupo de los “mayores”. Sin embargo, la ciencia —siempre dispuesta a arruinar certezas cómodas— empieza a insinuar que quizá llevamos demasiado tiempo llamando viejos a quienes aún no lo son… al menos desde el punto de vista biológico.

El problema es que la sociedad va mucho más rápido que la biología cuando se trata de jubilar personas. A cierta edad ya no eres “promesa”, eres “experiencia”. Ya no estás “en crecimiento”, estás “manteniéndote”. Y aunque sigas pagando impuestos, trabajando y resolviendo problemas ajenos, se espera de ti que aceptes con dignidad que, estadísticamente, estás más cerca del final que del principio.

La edad como invención cómoda

La idea de la tercera edad ha sido, históricamente, una solución práctica. Clasificar personas facilita estadísticas, políticas públicas y conversaciones incómodas. Es más sencillo decir “a partir de aquí empieza la vejez” que aceptar que el envejecimiento es un proceso desigual, caprichoso y profundamente injusto. Hay cuarentones agotados por la vida y septuagenarios que todavía no han perdido la curiosidad.

Desde la ciencia se empieza a plantear algo casi ofensivo para el imaginario colectivo: que la vejez real, la que afecta de verdad al cuerpo y a la mente, llega más tarde de lo que marca el calendario. El organismo no entiende de aniversarios redondos ni de edades simbólicas. Entiende de desgaste, de genética y de cómo lo hemos tratado durante décadas, aunque preferimos ignorarlo.

El problema es que esta revelación llega tarde para muchos. Generaciones enteras han asumido que a cierta edad toca retirarse emocionalmente del mundo, bajar el volumen de las aspiraciones y aceptar un papel secundario. No porque el cuerpo lo exigiera, sino porque el relato social lo imponía con la sutileza de una sentencia firme.

Cuando el cuerpo no sigue el calendario

Biológicamente hablando, el envejecimiento no es un interruptor, es una suma de procesos lentos, desordenados y nada coordinados. Algunas funciones se deterioran antes, otras resisten con dignidad sorprendente. El cerebro, por ejemplo, puede seguir funcionando con notable eficacia mucho después de que la espalda empiece a emitir quejas formales.

Aquí es donde aparece la contradicción incómoda: personas consideradas “mayores” por su edad cronológica mantienen capacidades físicas, cognitivas y sociales muy por encima de lo que el estereotipo permite. Pero el estereotipo pesa más que la evidencia, y así se justifica apartar, infantilizar o directamente ignorar a quienes aún tienen mucho que aportar.

Paradójicamente, cuanto más se alarga la esperanza de vida, más empeño parece haber en acortar la vida útil social de las personas. Vivimos más, pero se nos invita a desaparecer antes. A dejar espacio. A no molestar. A asumir que el futuro pertenece siempre a otros, aunque esos otros no tengan ni la mitad de criterio.

La tercera edad: ese club al que nadie pidió entrar

La tercera edad no suele anunciarse con ceremonia. Llega como una etiqueta silenciosa que se cuela en formularios, campañas publicitarias y conversaciones ajenas. De repente, eres público objetivo de anuncios de cremas milagro, seguros “para mayores” y viajes tranquilos, como si la aventura hubiera caducado contigo.

Lo más irónico es que muchos descubren que son oficialmente mayores cuando aún no se sienten así. El cuerpo responde, la mente está activa y la curiosidad intacta, pero el entorno ya ha decidido que toca ir bajando el ritmo. No por necesidad, sino por costumbre. Porque siempre se ha hecho así.

Quizá el verdadero problema no sea cuándo empieza la vejez, sino cómo la hemos narrado. La hemos convertido en una antesala del final, cuando podría ser una etapa distinta, con otras reglas, otras prioridades y menos obligación de fingir entusiasmo por modas absurdas.

Al final, la ciencia solo ha venido a confirmar algo que muchos intuían: que envejecer no es cumplir años, sino rendirse a una idea. Y que mientras el cuerpo y la cabeza sigan negociando con la vida, la tercera edad puede esperar. Bastante tenemos ya con sobrevivir al presente como para que nos adelanten el epitafio.

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