Ver a otros comiendo mierda… y aun así antojarse: el extraño caso colombiano

Cuando la evidencia no basta.

Hay algo profundamente fascinante en el comportamiento humano cuando se enfrenta a la política. No la política en abstracto, ni la de los discursos bien escritos, sino la política real: la que se mide en resultados, en decisiones concretas y en consecuencias que afectan directamente al bolsillo, a la seguridad y al futuro de millones de personas.

Porque, si uno observa con atención, hay un fenómeno que se repite con una precisión casi científica: líderes que prometen cambiarlo todo, que llegan al poder con discursos grandilocuentes… y que, una vez instalados, reproducen exactamente los mismos patrones de poder que decían combatir. Y, aun así, una parte importante de la población sigue creyendo.

No es ignorancia.
No es falta de información.
Es algo mucho más complejo… y mucho más incómodo.

El caso colombiano es especialmente interesante porque ofrece un laboratorio perfecto de contradicciones. Durante años se ha debatido el precio de la gasolina, los subsidios, el papel del Estado y la economía real. En los últimos años, el propio gobierno ha reconocido la necesidad de subir los precios del combustible por razones fiscales y de mercado, mientras simultáneamente anuncia reducciones parciales que, en términos prácticos, funcionan más como alivios simbólicos que como cambios estructurales.

Y ahí aparece la magia política.

Subes el precio durante años, ajustas poco a poco, generas impacto… y cuando llega el momento adecuado, anuncias una bajada. No importa si es mínima en comparación con lo que subió. Lo importante es el titular. Lo importante es el momento. Lo importante es la sensación.

Eso no es economía.
Eso es narrativa.

Pero lo verdaderamente interesante no es la estrategia del poder. Es la reacción del votante.

Porque aquí entra en juego uno de los fenómenos más estudiados —y menos asumidos— de la psicología humana: la capacidad de defender una idea incluso cuando la realidad la contradice. No por maldad, sino por identidad.

El votante no defiende solo una política.
Defiende lo que cree que esa política representa.

Y cuando alguien cuestiona esa idea, no se percibe como un debate. Se percibe como un ataque.

Por eso las respuestas se simplifican. Por eso el argumento desaparece y aparece el eslogan. Por eso el debate se convierte en etiquetas, en frases repetidas, en consignas que funcionan más como reflejos que como pensamiento.

No es casualidad. Es biología.

El cerebro humano está diseñado para simplificar. Para reducir complejidad. Para ahorrar energía. Y en ese proceso, muchas veces reemplaza el análisis por la repetición.

De ahí que la política moderna se parezca cada vez más a un ecosistema de respuestas automáticas.

No importa el dato.
No importa el contexto.
Importa el bando.

Y cuando el bando se convierte en identidad, el pensamiento crítico se vuelve opcional.

Aquí es donde entra un concepto incómodo, estudiado desde hace décadas: la estupidez funcional. No como insulto, sino como fenómeno. La capacidad de personas inteligentes de actuar de forma irracional cuando forman parte de un grupo o defienden una idea.

Porque el problema no es que la gente no entienda.

El problema es que muchas veces no quiere entender lo que contradice lo que ya cree.

Y así, poco a poco, se construye un sistema perfecto.

Los líderes no necesitan convencer con resultados.
Solo necesitan mantener el relato.

Si la economía falla, la culpa es del pasado.
Si la inversión cae, la culpa es del empresario.
Si el sistema no funciona, la culpa es de una conspiración invisible.

Siempre hay un culpable externo.
Nunca el modelo.

Es un mecanismo brillante.
Y profundamente peligroso.

Porque mientras el relato se mantiene, la realidad sigue avanzando.

Las infraestructuras se retrasan.
Los proyectos no se ejecutan.
Las promesas se acumulan.
Y la gestión se diluye entre discursos.

No hace falta ir muy lejos para ver ejemplos. Basta mirar a países donde este modelo se llevó hasta sus últimas consecuencias: economías colapsadas, sistemas productivos debilitados, dependencia absoluta del Estado y una población atrapada entre promesas eternas y resultados inexistentes.

Y aun así, el fenómeno persiste.

Ahí está el verdadero misterio.

¿Cómo es posible que sociedades enteras observen lo ocurrido en otros lugares… y aun así decidan recorrer el mismo camino?

La respuesta es incómoda porque no es política.

Es humana.

El ser humano no aprende solo por evidencia.
Aprende por emoción, por identidad, por pertenencia.

Y cuando una idea se instala en ese terreno, deja de ser una propuesta política y se convierte en una creencia.

Y las creencias no se discuten.

Se defienden.

Por eso el debate se vuelve imposible.
Por eso el argumento desaparece.
Por eso la realidad pierde contra el relato.

Y entonces ocurre algo todavía más desconcertante. Sociedades enteras observan lo que ha pasado en otros lugares, ven el deterioro, la escasez, la pérdida de oportunidades, la degradación institucional… y aun así sienten una extraña fascinación por recorrer el mismo camino.

Como si ver al vecino caer no fuera una advertencia, sino una invitación.

Y ahí es donde el análisis deja de ser político.

Porque cuando alguien ve lo que ha pasado en otros países, cuando tiene la evidencia delante, cuando no necesita imaginar nada porque ya está todo documentado… y aun así decide repetir la historia, ya no estamos hablando de ideología.

Ni de izquierda, ni de derecha.
Ni de modelos económicos.

Estamos hablando de algo mucho más básico.

De esa parte del ser humano que, aun viendo las consecuencias, decide ignorarlas.

Y perdona que lo diga así, sin adornos, sin teoría y sin discurso bonito:

si ves a otros comiendo mierda durante años…
y aun así te dan ganas de probarla,

el problema ya no es del que cocina.

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